jueves, 24 de marzo de 2011

En palabras sexuales de otro

Las caderas no mienten

Escrito sobre mí por Rodrigo Sandoval

Hace mucho tiempo escribí unas historias verdaderas que hacían parte de mi serie sexual. No volví a escribirlos porque en casi todos los cuentos hay algo de mis experiencias, bien sea un roce, una habitación, unas piernas y, por qué no, un pipí. En estos días estuve pensando que debería volver a escribir algo para completar la serie sexual y pensé comenzar estos escritos con una oda al pene, que en estos días publicaré. Sin embargo, hoy llegó a mí una solicitud twittera que no pude rechazar: mi querida amiga Natalia Riveros puso que quería que escribiera algo de ella.

Cómo no hacerlo si esa mujer tiene las caderas más sabrosas que yo he visto, los ojos más coquetos y la mejor actitud sexual. Y entonces me puse a pensar en las mujeres que siempre me han parecido sexy. Hice un top y allá arriba resultó estar Nati.

Entonces recordé cómo la conocí y sus enormes ojos me vieron por encima de las gafas y escanearon mi cuerpo. Me sentí intimidado y alegre, nada más rico que sentir que unos ojos defectuosos te miran. No, no era con deseo, aunque así me habría gustado que me viera. Sonrió coqueta y saludó con cariño. Aquí va a haber amistad pensé ingenuamente. Ella me odió desde el principio, mi ropa desaliñada, mis impresionantes ñoñerías, mi afán por sobresalir del grupo. Pronto descubrió que detrás de mis gruesos lentes había una persona menos interesada por impresionar que por criticar y entonces me volví, parafraseando a Fausto, un hombre de su propio corazón.

Y entonces descubrí sus caderas, su andar pausado, su remeneo. Me detuve muchas veces a ver como de dos indefensos tobillos se encaramaban unas impresionantes piernas que terminaban redondeadas en una pelvis casi perfecta. Si algún día fuera a pensar en reproducirme, ella podría hacer las veces de mamá sin problemas. Me la imaginé acostada con las piernas abiertas y las caderas en posición. Otra pelvis en movimiento pendular, sus gruesos muslos apretando y sus delicados pies ayudando a la otra pelvis a entrar. Y de repente me encontré con una erección.

Verdad, las caderas no mienten (y sí, sueno muy Shakira). Después de tres conversaciones al amparo de un café y una sombrilla descubrí que la imagen se había quedado corta. Me la he imaginado cabalgando, encaramada en el mesón de la cocina, arrinconada en la ducha, gimiendo sobre la lavadora. Mierda, más erecciones. Eso pasa cuando uno descubre que las palabras y los gestos dicen mucho de la persona sexualmente.

Nati también gusta de pipís, habla de cucas sin desparpajos y le encanta morbosear paquetes. Sus caderas tienen la misma actitud que sus palabras y sus nalgas se mueven al compás de sus coquetos labios. Una sensual voz habla de política de una manera tan atractiva que si fuera incrédulo inscribiría mi cédula sólo para seguir sus comandos. Las mujeres así, bellas e inteligentes, me encantan. Punto

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