domingo, 31 de enero de 2010

"Es que a mí me sobra el aire", Sabines

I

Déjame reposar,
aflojar los músculos del corazón
y poner a dormitar el alma
para poder hablar,
para poder recordar estos días,
los más largos del tiempo.

Convalecemos de la angustia apenas
y estamos débiles, asustadizos,
despertando dos o tres veces de nuestro escaso sueño
para verte en la noche y saber que respiras.
Necesitamos despertar para estar más despiertos
en esta pesadilla llena de gentes y de ruidos.

Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas,
por eso es que este hachazo nos sacude.
Nunca frente a tu muerte nos paramos
a pensar en la muerte,
ni te hemos visto nunca sino como la fuerza y la
alegría.
No lo sabemos bien, pero de pronto llega
un incesante aviso,
una escapada espada de la boca de Dios
que cae y cae y cae lentamente.
Y he aquí que temblamos de miedo,
que nos ahoga el llanto contenido,
que nos aprieta la garganta el miedo.
(...)

V

De las nueve de la noche en adelante,
viendo televisión y conversando
estoy esperando la muerte de mi padre.
Desde hace tres meses, esperando.
En el trabajo y en la borrachera,
en la cama sin nadie y en el cuarto de niños,
en su dolor tan lleno y derramado,
su no dormir, su queja y su protesta,
en el tanque de oxígeno y las muelas
del día que amanece, buscando la esperanza.

Mirando su cadáver en los huesos
que es ahora mi padre,
e introduciendo agujas en las escasas venas,
tratando de meterle la vida, de soplarle
en la boca el aire...


XIV

No se ha roto ese vaso en que bebiste,
ni la taza, ni el tubo, ni tu plato.
Ni se quemó la cama en que moriste,
ni sacrificamos un gato.

Te sobrevive todo. Todo existe
a pesar de tu muerte y de mi flato.
Parece que la vida nos embiste
igual que el cáncer sobre tu omoplato.

Te enterramos, te lloramos, te morimos,
te estás bien muerto y bien jodido y yermo
mientras pensamos en lo que no hicimos

y queremos tenerte aunque sea enfermo.
Nada de lo que fuiste, fuiste y fuimos
a no ser habitantes de tu infierno.

XV

Papá por treinta o por cuarenta años,
amigo de mi vida todo el tiempo,
protector de mi miedo, brazo mío,
palabra clara, corazón resuelto,

te has muerto cuando menos falta hacías,
cuando más falta me haces, padre, abuelo,
hijo y hermano mío, esponja de mi sangre,
pañuelo de mis ojos, almohada de mi sueño.

Te has muerto y me has matado un poco.
Porque no estás, ya no estaremos nunca
completos, en un sitio, de algún modo.

Algo le falta al mundo, y tú te has puesto
a empobrecerlo más, y a hacer a solas
tus gentes tristes y tu Dios contento.

(Me avergüenzo de mí hasta los pelos
por tratar de escribir estas cosas.
¡Maldito el que crea que esto es un poema!)

Quiero decir que no soy enfermero,
padrote de la muerte,
orador de panteones, alcahuete,
pinche de Dios, sacerdote de penas.
Quiero decir que a mí me sobre el aire...

XII

Morir es retirarse, hacerse a un lado,
ocultarse un momento, estarse quieto,
pasar el aire de una orilla a nado
y estar en todas partes en secreto.

Morir es olvidar, ser olvidado,
refugiarse desnudo en el discreto
calor de Dios, y en su cerrado
puño, crecer igual que un feto.

Morir es encenderse bocabajo
hacia el humo y el hueso y la caliza
y hacerse tierra y tierra con trabajo.

Apagarse es morir, lento y aprisa
tomar la eternidad como a destajo
y repartir el alma en la ceniza.

miércoles, 27 de enero de 2010

Te digo a qué suenas?



Tú suenas a un son cubano,
Tu cuerpo agridulce se mezcla con lo agrio y con lo dulce del mío.
Tú me intuyes, me hueles, me saboreas.
Suenas a tambores, maracas y a una buena voz,
de esas que juntan los cuerpos en un sólo son.

Tú suenas y yo te oigo.
Oigo tus muecas y esa risa, esa carcajada que sale a menudo.
Oigo tu vida, te oigo y suenas a Cuba, a algún rojo vivo...
Suenas a mar, a olas de caricias.
Suenas y yo te oigo...

Oigo hasta lo que no quieres decir,
Oigo tu niñez y tus recuerdos mudos,
Oigo aquello que de verdad recuerdas y aquello que quisieras olvidar.
Oigo ese juego que inventamos,
Esa ternura y como te escondes en mis brazos,
y oigo los cinco minutos de más que me pides.

Te oigo y oigo la noche tuya y ese amanecer en el que piensas,
Oigo tus desveladas, tus miradas...
Las que desnudan y enamoran.
Sabes? Te oigo hasta el alma...

Y yo, a qué te sueno?

domingo, 24 de enero de 2010

Un día a la vez...


Me gusta la isla que hay en ti, la isla que eres y el son que te rodea...
Me gusta la idea y sobre todo, disfruto lo que somos... juntos.
Eres conmigo y soy contigo y creo que ahí está el secreto...
La comodidad de tu cuerpo con el mío, el calor correcto y la piel con ganas.
La franqueza.
La ternura.
Descubrirnos niños.
El ingenio.
La magia.
Sobre todo... la curiosidad.
Eso de hacer lo posible por no desgastarnos... sino gastarnos los besos del día para volver por más el día siguiente...
Algo está claro, nos hemos vivido, bebido, amado, un día a la vez.
Nos hemos encontrado, buscado y amado, un día a la vez.
Nos sentimos, bailamos y escribimos, todo un día a la vez...
Y así eres, mi isla... mi parada, mi encuentro azúl.
Eres. Y por eso me gustas. Porque eres.
Eres cuanto amo y cuanto quiero contar... Eres el cuento que quiero contar.
Y quiero que un día a la vez, me sigas leyendo en el color con el que me conociste,
y la escritura sea ahora a dos corazones (como lo viene siendo hace rato),
y te mojes de son y de vida,
y encuentres en mi cuerpo los instrumentos que necesites para vivirla,
saborea,
muerde,
camina... a mi lado.
Que yo me quiero quedar al lado tuyo, un día a la vez, pero muchos días.

Para ti... mi isla, mi son... mi momento.