lunes, 16 de marzo de 2009

Han matado la libertad

La boca me sabe a algo que no había probado nunca, es áspero, horrible, nauseabundo, caigo en cuenta que es tierra, no porque pueda verla, sino porque alguna vez se la quite de las manos y las rodillas a mis hijos.
¿Se habrá ido la luz? No entiendo ni recuerdo donde me encuentro, solo pasa la luz por una rendija muy estrecha, casi nula, luego, trato de levantarme, pero el cuerpo no me responde, siento que sale sangre de mis labios, de mis pies, y de mis tobillos, los toco y están sujetos a unas cadenas tan frías que prefiero no hacerlo.
¿Qué habrá pasado? ¿Dónde estoy? Comienzo a pedir ayuda pero la única respuesta que escucho es mi propio eco, comienzo a sudar, a llorar, el corazón me late como si presintiera que estoy en un lugar al que no pertenezco.
A mi alrededor solo siento tierra y un poco de agua, helada, debe ser de la gotera que cae poco a poco sobre mi cabeza y se esparce sobre el suelo.
Comienzo a comprender que puede ser solo una pesadilla, grito, trato de pellizcarme para poder despertarme, pero eso solo incrementa el dolor que siento en todo mi cuerpo, tengo tantas cosas en la cabeza, tantas preguntas, ya habrá llegado Melanie de volleyball? ¿Será que Lorenzo ya estará haciendo tareas? Dios mío, no entiendo nada, siento mucho frío, es tal la oscuridad que siento los ojos cubiertos, tal como si estuviera… como si… ¿será? Dios mío, no permitas estos pensamientos en mi cabeza, ¿será que me secuestraron? ¿Pero en qué momento Señor? Siempre he oído este tipo de casos, pero, ¿por qué me sucede a mí? Comienzo a oír los pasos de alguien, siento que se acercan, miran por la rendija y me tiran un plato de comida que huele terrible, el cuerpo no me permite probarlo, siento la muerte… el odio… todo esto se mezcla con tristeza, con nostalgia. En algún momento siento gritos, dicen mi nombre, yo, contesto, como alguna vez me enseñaron de pequeña, y contesto, pero solo me dicen barbaridades, oigo a un hombre, con una voz gruesa, y solo puedo imaginármelo lleno de cicatrices, es tan hostil, tan grosero, y solo en el momento en que abre la puerta, puedo darme cuenta de cómo viste, de cómo me mira, como pagando un favor. Me dice por mi nombre, Ingrid, y me dice que me vaya olvidando de mis hijos, de mi vida, porque pasaré mucho tiempo acá… y yo me pregunto ¿cuánto tiempo Señor? ¿Cuánto?

Natalia Riveros Anzola

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