domingo, 25 de enero de 2009

El centro

Debo confesar que nunca había caminado por el centro como lo hice hoy, despacio, observando, conociendo, anotando todo lo que me pareciera que debería estar plasmado en este papel.

El centro es tan diferente al norte, al sur, a cualquier espacio de la ciudad, posee características históricas inigualables, tan solo ver las calles, los edificios, las plazas, las palomas, lo remiten a uno a aquellos sucesos que aprendió en octavo de bachillerato, aquella historia de Colombia que a veces nos impacta, y en mi caso, así fue. Recordé el florero de Llorente y el año de la independencia, recordé la toma del palacio de justicia, también las veces que he ido a mirar la iluminación navideña con mi familia, tantas imágenes, tantas luces, caras, vestimentas, ladrillos, pasos, huellas, esta experiencia es única, y me parece increíble que llevo casi veinte años viviendo en la misma ciudad y hasta hoy conocí un poco de ella.

Comienzo a ver mis apuntes, y vuelvo a recordar cada olor de la calle, de los transeúntes, los carros ya oxidados, el viento denso y oscuro, la multitud y también recuerdo cada imagen, las palomas, los ladrillos, los edificios grises del polvo, la cotidianidad, las ventas, y es así como esta historia comienza.

La primera imagen que recuerdo es la de la plaza artesanal, que está situada diagonal a “La Calle del puente de latas”, rodeada de los antiguos cachacos, con sus bastones y sus sombreros, que desfilan por las calles citadinas tratando de devolver el pasado, sus tardes en la plaza, con un café y un buen cigarro, sus charlas sobre política y el amor. También, encuentro indigentes que indagan en las bolsas negras que solo les recuerdan su condición, inmersos en basura, en vicio, en pobreza, en tristeza. Así mismo, veo emboladores, y hay uno, que me causa curiosidad, porque es el único en su fila que no está trabajando, por eso prefiero preguntarle a él alguna información sobre los nombres de las calles. Este embolador es un hombre ya mayor, con algunos defectos de cicatrices en la cara, y me contesta que en realidad él no sabe, pero que podría conseguir información en la carrera octava con calle décima, así que me dispongo a darle las gracias y a emprender un largo recorrido en el que encontraría muchas sorpresas, y un final que me cautivó.

Mientras camino rumbo al destino que me informó el embolador, comienzo a empaparme de un lugar diferente al mío, diferente a lo que acostumbro, a lo que huelo, a lo que veo, es así como comienzo a ver un indigente que baila salsa con una columna, y puedo notar que baila con un son increíble, lo que me hace suponer que en algún momento, fuera de las drogas, debió ser un gran bailarín. Veo diferentes locales e instituciones, uno de zapatos; Garvi, de ropa; Only, el ministerio de Comunicaciones, El Dolarazo, Don Pollo, Banco Caja Social, Pat Primo, El septimazo que es una frutería y cafetería, La casa comercial la moneda de oro, una droguería; Drogas Plaza de Bolívar, y en este momento, luego de ver este letrero, me voy acercando a la plaza de Bolívar.
Los letreros son el claro vestigio del tiempo, de los años, de la modernidad, parece como si alguien hubiera detenido el tiempo en algunos locales, porque logran mantener la esencia de hace tantos años, los colores y la tipografía demuestran que fueron hechos hace años, y que la modernidad todavía no ha logrado quitarles esa huella del pasado.

Rumbo hacia la plaza, me encuentro con otro letrero, “Primera calle real del comercio” voy caminando rumbo a la Casa de Nariño, paso por la plaza de Bolívar, y en la Alcaldía hay una pancarta con el siguiente mensaje: “¿Hasta cuándo? Acuerdo humanitario ya”, la alcaldía queda en la parte derecha de la plaza, mirando hacia el norte, el capitolio nacional, a la izquierda la Catedral Primada y al sur, el Palacio de Justicia, victima hace unos años de los atentados del M-19. Mas adelante hacia el norte, encuentro el Colegio San Bartolomé, fundado en el año 1604 y el senado, ya cerca de la casa de Nariño.
En las paredes del Capitolio Nacional encuentro un tallado que dice:”Aquí en este luctuoso sitio el día 15 de Octubre de 1914 fue sacrificado por oscuros malhechores, traidoramente y a golpes de hacha el egregio varón Doctor y General Rafael Uribe Uribe amado hijo de Colombia y honra de la América Latina. Octubre 24 de 1914”, luego, voy dejando atrás el capitolio, y me dirijo hacia delante, sin realmente saber qué me espera, la tarde es hermosa, el sol ilumina las construcciones de una manera que se mezclan sombras y luces, y es este mismo sol el que deja ver otra cara de la realidad, una más limpia, más clara.

Debo decir que mis dos pies se han convertido en mi motor, mis manos en mi testigo, por eso, al caminar, es que, la ciudad muda se convierte en poesía, en canción, se convierte en historia, en un flamenco, “Como quieres que te quiera si no te tengo a ti, como quieres que te quiera, tan lejos ya de mi”, este flamenco de Rosario ejemplificaba lo lejos que estaba yo de esta realidad Bogotana, tan mía, pero tan lejana.

Sigo caminando por la “Primera Calle real de Santa Fe de Bogota”, y observo un nuevo nombre: “Calle de la botica”, en ésta, se encuentran muchos abogados y senadores, y me causa curiosidad que hay una enana saludándolos, y ellos le responden, así, mientras continuo, para poder llegar a la Casa de Nariño debo pasar por entre un guardia presidencial y un policía militar, quienes me piden que abra mi bolso y que por favor camine por la acera y no por el anden, claro está, que es por cuestiones de seguridad.
Luego, llego a la calle “La segunda Calle de la carrera” así que se evidencia un seguimiento, una línea que une los nombres, de la primera pase a la segunda, así que mi viaje se vuelve cada vez mas interesante, mientras miro de cerca, desde donde las rejas y los guardias lo permiten, la casa de Nariño está decorada con varias palomas grandes alrededor, me pregunto para qué, para recordarle a la gente el eterno símbolo de la paz? Mientras me hundo en preguntas sin sentido, llego al final de la calle, y nuevamente me reciben o me despiden, un guardia presidencial y un policía militar, es casi un deja vú.

Al salir de ese ambiente de seguridad, de escoltas, de policías, trajes negros y verdes, armas, zapatos lujosos, maletines, y calles adoquinadas, llego a la “Calle del Puente de Lesmes”, la cual, en su interior, posee varios locales antiguos, uno que llama mi atención es el de afiches y carteles, ya que creo que es de éste local que salen todos aquellos afiches que veo por las paredes de la ciudad.
Luego, me encuentro con la “Calle del fiscal”, y en ese momento, como si se tratara de una escena, un policía paró el tráfico para que pudiera pasar una camioneta blindada, realmente se alcanzó a sentir el silencio, la curiosidad. Por un momento se paralizó el tiempo, instante único, y luego, cuando terminó esta escena citadina, el ruido retornó, las palomas siguieron su curso, y el sol, ya comenzaba a acostarse.

Mientras escribo, las hojas se caen, el esfero se queda sin tinta, y las calles no siguen por el nombre, lo que genera una confusión. Simplemente acaban en cuanto a casas e infraestructuras, pero en realidad, dos nombres de calles pueden encontrarse en la misma calle, en la misma dirección, así, me encontré con la “Calle de la botica” nuevamente, y frente a esta, la “Calle del Olivo” y siguiendo este curso, “Calle de san Alberto” y “Calle de San Felipe” y finalmente el nombre que cambiaria el curso de esta historia: la “Calle de san Carlos”.

Posiblemente se preguntarán cómo un nombre puede cambiar el curso de una historia, o de toda una experiencia, pues fue así, ya que, en el momento en que regresé a la Plaza de Bolívar por la “Calle de San Carlos”, yo continuaba anotando todo aquello que consideraba debería escribirse, cuando, en ese momento, se me acerca un señor, que me pregunta qué si estoy haciendo una tarea, claro, no podía suponer algo diferente al verme escribir en una pequeña agenda tan detenidamente, así que le respondo que sí, debo confesar que en algún momento llegue a sentirme ciertamente intimidada, era un señor que trabajaba allí, hablándole a la gente, y fue así, como encontré en el un libro completo, una vida dedicada a la historia de la Plaza de Bolívar, y fue en él en quien encontré respuestas, fue quien me dijo que la “Calle de San Carlos”, se llamaba así por el Palacio de San Carlos, y que antiguamente las calles se llamaban y reconocían era por nombres, adjunto a esto, sacó unas hojas, un poco sucias por el polvo y el trajín diario, me dio a entender que era un historiador de la Plaza de Bolívar y que ése era su trabajo, en las hojas pude entrever que tenia anotaciones de cada una de las construcciones, sabia su diseñador, constructor, y año en el que fue construido, mencionó que al Capitolio lo llaman “El enfermo de piedra” porque tardó 75 años en ser construido.

Al hablarme, las sombras en los edificios se magnifican, las palomas se mueven al unísono, y así, le doy las gracias por la información, unas cuantas monedas que él me pide con la mirada, y sigo caminando, asombrada de cómo un ser al que se considera invisible, sabe más que algunos de los que trabajan en las instituciones de piedra y mármol.
Al despedirme, camino, pero se me ocurre algo, quisiera pedirle su instrumento de trabajo, sus hojas sucias y escritas con un esfero rojo, para poder conocer acerca de él, de la historia, de su vida. Porque unas hojas y unas letras sí dicen bastante, así que me devolví, le pedí cordialmente si podía prestármelas, realmente pensé esperar una negativa, pero sucedió todo lo contrario, me las entregó sin esperar nada a cambio, solo su devolución. Le pedí información sobre dónde encontrar una fotocopiadora, y él respondió como si conociera esa plaza como sus propias lágrimas, sus propias noches de vicio, su palma, sus únicos zapatos.
Fotocopié sus hojas, y guarde las copias como si fueran un tesoro, la prueba de su vida, de su tiempo, de sus gustos, de su sustento, y fue así como traté de encontrarlo nuevamente, y allí estaba, saboreando un helado de vainilla, y tan solo dio las gracias con la mirada, al ver que sus hojas habían regresado al lugar que pertenecían, sus manos.

¿Su nombre? Carlos Rodríguez. ¿Sus días? En la plaza de Bolívar. ¿Su profesión? Persona. ¿Su nombre? Respuesta. ¿Sus días? Preguntas. ¿Su profesión? Amigo.

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