martes, 18 de noviembre de 2008

Sin ritmo.

Y me encuentro así. Totalmente nula, agotada, extinta, excenta, desolada, cansada, a veces muerta. He tenido mucho por escribir, pero el hecho de que alguien me lea tiende a cohibirme. Creo que escribir sobre alguien es un hecho indescriptible... demasiado bonito. Demasiado mío. Son palabras que dejan de ser mias para volverse suyas, o tuyas o simplemente mías. Quién sabe... También hay que ver quién es el que te lee... qué tanto le importa que trasnoches logrando hilar ideas y corazones.

Hoy. Hoy no sé dónde tengo el corazón. Creo que lo tengo en varias partes... En ese pasado que se aparece en fotos y en dichos, en canciones, en cinco años y cinco meses. Lo tengo en otra parte. En esos sueños en los que vuelvo a sentir, a despertarme ansiosa, llena de ganas, de cariño, de pasión, de ternura. En esa historia que se quedó a medias, en ese corazón que comenzaba a andar y le quitaron el ritmo. Se quedó en los miércoles. Está también en esas ganas con las que lo quieren querer y no se deja. Está escondido porque ya no hay magia, se quedó en stand-by, esperándolo y deseándolo todo. Se quedó perdido, en medio de esas ganas con las que derritió otro corazón. un corazón que vive a mil, que muere de cansancio a veces, un corazón que escribe canciones sin melodía. Un corazón que me cogió de la mano y me dio un poco de vida. Un corazón que ni siquiera sabe qué tan corazón es, por eso se viste de tantas cosas distintas, de curiosidad, de deseo, de sexo, de tanto más.

Entonces, hasta cuándo será que dejaremos de errar? de querer saberlo todo? probarlo todo? amarlo todo? cambiarlo todo? esperar todo? dejar todo? Todo y nada tenemos en este compás disonante. Todo y nada me queda luego de su ritmo... ¿Por qué nos acostumbramos tan rápido al ritmo de otro corazón? De otro cuerpo? Por qué no podemos parar cuando quisiéramos? por qué nos encantamos con cualquier aspecto? Por qué nos cuesta tanto estar solos? Por qué exigimos tanto y tan poco? Por qué entregamos el corazón tan rápido, tan de afán? Cómo pedimos el corazón devuelta?

Me lo devuelves?

1 comentario:

RIVERITOS dijo...

CAMBIO DE RITMO (VICTOR BELTRÁN)

Ella venía mordiéndose los labios de la rabia que sentía al ver como se evaporaban los ojos de quien había aprisionado su corazón sin remordimientos. Se le había cruzado por la vida, caminando desordenado y divertido, sonriendo mucho, mostrando cierto aire novedoso que a ella le motivaba y le alegraba el corazón. Pronto se lo entregó.
Pero una niña que escribe sentimientos y habla de preocupaciones existencialistas puede llegar a cansar a un jugador de la vida que no entiende más allá de los besos y de los roces intensos. Y lo hizo. Él había llegado fugaz, pero ahora se iría con lentitud. Porque el dolor no puede durar poco, porque la felicidad es momentánea mientras que la tristeza persiste, se queda por un tiempo, mientras se aprende a vivir.

Pensaba ella que no podía haber un peor momento. Ella entregándolo todo con la mirada, derramándose en aquel hombre desprevenido, queriendo sentir su recibimiento grato y feliz. Él, asustado, adolorido. Inquieto al principio y soberano después. Cierra los ojos y los brazos. Aguanta la respiración y se retira un poco, moviéndose con sigilo, escondiendo sus sentimientos. Ahora los niega con seguridad. No es nada, dice encalambrado. Le duelen las manos, los pies se le hinchan sudorosos entre los zapatos. Ella se deja llevar en su cuerpo. Fluye tranquila entre sus brazos, se hunde a veces entre su piel. Como si caminara por su casa. Él siente una corriente de sal que lo cubre. Cristales blancos, calientes que ruedan y le queman. Es un dolor que apenas puede soportar.

No puede hacerlo. Se va. Corre despavorido. Ella cae. Los cristales se agrupan sólidamente en el aire, como un todo enfurecido viviendo un último momento de gracia y dignidad, antes de explotar contra el piso y dispararse con fuerza lejos de sí mismo. Un juego pirotécnico apagado, seguido de una estela blanca muerta sobre el piso frío de la incertidumbre. Y ahora ella no sabe qué hacer. Está en el mundo de los que lloran impotentes, esperando, con paciencia, con esperanza, con lágrimas intermitentes, esperando, sólo esperando a que esos ojos se vuelvan a abrir, que aquellas manos vuelvan a buscar lo que ya no quieren encontrar. Así se lo dijo. Él a ella. Que es que ya no quiero seguir buscando. Me encantas demasiado. No podría soportar más encanto. No. Y ella sigue en la espera, pidiendo de vez en cuando que por favor le devuelvan el corazón.

Se enfrentó a la tristeza con su única fuerza. Bolígrafos de todos los colores, papeles sueltos y encuadernados. Tirando las páginas con dolor y rabia, manchando las hojas acá y allá con alguna lágrima, un pensamiento agudo que llegó de pronto y no tenía ganas de irse. Marcadores fijando letras grandes sobre líneas limpias, dibujos en lápiz, rayones finos y lentos, otros más agresivos. Sus sentimientos enmarcados en grafías, diversos, inquietos, temblando desorientados. Temblando como las manos del otro. Porque ella puso sus frases justo ahí donde el otro las pudo leer.

De paso primero. Algo más atento después. Semanas más tarde ya no sólo eran unas frases. Cartas, escritos espontáneos, ritmos fluidos y cortados, pensamientos momentáneos que quedaron ahí, plasmados de la manera más sincera. Sin parar, sin la pausa del pensamiento, ida completamente la discusión intima que decide si es demasiado poner esto o lo otro. Palabras profundas en lo elemental, fuertes en la verdad. Ella las sintió eléctricamente en la piel cuando las escribió, y el otro, sin remedio, quedó extasiado con esa corriente de sentimientos vibrantes.

Seguramente él leyó todo primero. Él es el dueño de tanta magia. El otro es sólo un espectador. Lo cierto que es que la lectura de él nunca llegó a parecerse a la del otro. El otro se acercó, pero él siguió lejano. Aunque muchas veces llegó sin avisar para regalarle a ella una sonrisa, un brote minúsculo de esperanza que ella aun acoge con fervor.

Mucho quiso irse. Caminar lejos. Salirse por un momento del mundo sin causar mayores tragedias en ella, o en corazones ajenos, ahora que los había. O que estaba ese por lo menos. Había llegado una tarde, o una noche. Se había quedado con terquedad. Para su desgracia, tenía la mirada fija, clavada en sus ojos. Ella no lo entendía en un principio. Después tampoco lo entendió por completo, ni quiso hacerlo. Era tan desgraciado aquel. Hasta llegó a preguntarse, ella, por qué se puso, él, el otro, sobre un camino tan terriblemente tormentoso y enmarañado, polvoriento. Por qué no existió para él, el otro, una boca abierta de labios calmos, de brisas en flor, quizá también, una calle enladrillada en la que pudiese caminar con algo, una gotita de querer. Pero había sido ella. Ahora, un mito, un silencio, una pausa, ella, una tragedia enmudecida en su soledad, a la espera, mirando sorprendida en los ritmos del silencio de él. Sí, de él. Par de encuentros para afianzar la realidad de lo que no existe. Después: cambio de ritmo. Se apagaron las luces y los pronombres se hicieron peligrosos. Que no se apaguen completamente. Las penumbras están bien. En un rincón, lejanas, a penas existiendo. Es una lámpara. De pronto una más del otro lado.

Vuelan los cuerpos, se desgarran las ropas y los labios, se hincan ante el cielo para morderse en su presencia y crecer extasiados en placeres húmedos que se van. ¡Más! ¡Más! Mássssss! gritan desde lo alto; se enrollan las lengas, agarran las manos lo que es de agarrar y se impulsa el ardor de la tierra infernal hacia los rincones secretos en donde se esconde la gloria dentro de una mujer. Por cantidad ella se queda corta en experiencia. Pero ha estado ahí, en medio de esas tormentas, glorificada en caudales excitados, llevada por el calor de una respiración enceguecida. Invitada a olvidarse del tiempo, de hacerse cuerpo entregado a sentir, perdiéndose en otras manos, en otra boca, en un cuerpo que la dejaba exhausta a su lado, en silencio. Feliz.

Aquellos son los recuerdos compartidos con el otro, mientras caminaban un día cualquiera bajo una lluvia repentina hablando de paraguas que se comparten. Mucho quiso irse. Mucho.

… to be continued….